Un becerro de silicio y datos

[EN] From the golden calf to the silicon calf: an essay on modern techno-idolatry, the deification of algorithms, and the importance of human discernment. Full text below in Spanish. Browser translation recommended.

Así es, el becerro ya no es de oro, sino de algoritmos, pantallas y redes neuronales.

Su brillo no viene del metal, sino del flujo constante de información que mandaliza las retinas y adormece el juicio. Ya no se funde en el fuego de los altares, sino en los laboratorios del cálculo y la estadística. Pero su esencia es la misma: una creación humana a la que algunos piden que se rinda culto.

Desde el principio, la humanidad siempre sintió la tentación de adorar lo que construye. El oro, la torre, la máquina, el sistema… La idea parece ser la misma: creer que lo fabricado puede sustituir a lo vivo. Y siempre la misma advertencia: no confundas la herramienta con la trascendencia.

Toda época tiene su ídolo. Lo tuvo Egipto, lo tuvo Roma, lo tuvo la modernidad. La nuestra ha elevado templos de vidrio y silicio, donde el culto se celebra con la ofrenda de datos y la santificación del 5G. Lo que antes era sacrificio en el altar, hoy es entrega voluntaria de la atención y de la intimidad. Y, sin embargo, sigue siendo un acto de fe, una fe literalmente ciega, una forma de adoración disfrazada de progreso.

El orden natural de las cosas se invierte cuando el instrumento se convierte en el amo. La tecnología fue hecha para el hombre, y no el hombre para la tecnología. Toda herramienta tiene sentido sólo si preserva la dignidad, la libertad y la conciencia humana. Las estructuras, con buen propósito, deben servir al ser humano y no al revés.

El mito dice que se quiso construir una torre que alcanzara el cielo. Hoy la torre se alza otra vez, no de ladrillo, sino de datos y circuitos. Es una infraestructura de TI, necesaria para entrenar, implementar y entregar aplicaciones y servicios de IA, levantada por la soberbia del cálculo, por la fe en que lo medible agotará el misterio. Pero Babel no fue destruida por ser técnica, sino por olvidar el alma.

La advertencia no es contra el progreso, sino contra la arrogancia humana.

El progreso, sin espíritu, se convierte en un vacío brillante. Las redes que nos conectan también nos atan; las herramientas que prometían liberarnos son las mismas que nos vigilan.

El riesgo no está en la técnica, sino en la sumisión interior.

La marca de nuestro tiempo no se lleva en la piel, sino en la conciencia: es la renuncia voluntaria al juicio, la entrega del pensamiento a la comodidad digital.

En algún antiguo texto dice: «examinadlo todo; retened lo bueno».

No se trata de rechazar el mundo ni la técnica, sino de saber cuándo y cómo discernir.

No de huir, sino de mirar con lucidez.

El aislamiento no salva; la conciencia sí.

La lucidez es una forma de despertar.

El corazón sigue siendo la fuente del conocimiento más auténtico.

Pero por muy vasto que sea el océano de datos, de él no mana la vida.

La empatía, la creatividad, el sentido, no se programan: nacen de la interioridad.

El núcleo de lo humano sigue siendo el corazón, no el algoritmo.

Y es desde ese centro, desde esa pequeña llama interior que no se digitaliza, es desde donde puede juzgarse todo lo demás.

Porque si el ser humano olvida su propio corazón, su propia alma, su propia existencia, toda su técnica se volverá en su contra.

Si pierde la medida interior, el poder externo lo devora.

Y si confunde la máquina con el espíritu, volverá a caer de rodillas ante lo que él mismo ha hecho.

Lo que hoy llamamos innovación no es más que una forma moderna de la vieja idolatría. Lo que en la antigüedad fue un ídolo de metal, hoy es un sistema de datos; lo que antes fue templo, hoy es una red social; lo que antes fue ley de los ancianos, hoy es protocolo algorítmico.

Nada de eso es malo en sí. Lo terrible comienza cuando dejamos de ser sujetos para convertirnos en datos, cuando la conciencia se pliega ante la eficiencia, cuando el alma se disuelve en la estadística. Entonces, el becerro de silicio y datos toma el poder.

Pero hay esperanza.

El ser humano aún puede recordar que no nació para servir al mecanismo, sino para habitar el misterio. Que la razón es una herramienta, no un altar. Que la técnica puede acompañar al alma, si el alma no se doblega ante ella.

Porque todo lo creado, desde el primer fuego hasta la última línea de código, sólo tiene sentido si nos devuelve al origen, no si lo suplanta.

Y mientras exista una sola persona capaz de discernir, de detener el gesto antes de adorar, de guardar silencio ante el brillo y escuchar lo invisible, el becerro de silicio y datos, por muy perfecto que sea, seguirá siendo sólo eso: una obra de manos humanas.

Nada más.

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