
Desde hace tiempo hago referencia al neoludismo como parte de un proceso político, sostenido por las instituciones y todas sus estructuras ascendentes y descendentes, tanto en el ámbito público como en el privado.
Ha surgido una nueva arista.
La horizontalidad del siglo XXI está lejos de la leyenda de esos obreros que, temerosos del avance de la técnica, rompían telares y máquinas. La horizontalidad contemporánea roza por momentos el cyberpunk, se nutre del activismo clásico y abraza cualquier idea capaz de provocar un efecto mariposa mediático.
La situación llegó a un punto en que, en la ciudad de Buenos Aires, un grupo de personas ataviadas como Gandalf se concentró en la puerta del domicilio de Peter Thiel; un episodio ampliamente documentado y pormenorizado en redes sociales.
Detrás de esta simpática convocatoria se encuentra una agrupación autodenominada Yihad Contra las Corporaciones de la Distracción (YCCD); su objetivo principal, dicen, es la lucha contra las Corporaciones de la Distracción, entre las que destaca sobremanera Meta y los tentáculos de la vigilancia algorítmica. Argumentan que es una guerra por el destino de la humanidad, que se libra en todos lados y todo el tiempo.
Si bien, desde la perspectiva del Humanismo Tecnológico Disidente, la recuperación de la soberanía cognitiva por encima de las decisiones algorítmicas es un punto (aparentemente) en común, encuentro indicios de una estructura mucho menos improvisada detrás.
Algunas de sus propuestas me parecen más que interesantes: la de obtener visibilidad online por fuera de las redes sociales hegemónicas, o las alternativas para disminuir la dependencia tecnológica.
«Es de celebrar que existan iniciativas tan loables», diría cualquiera que tuviera un poco de ingenuidad.
El problema aparece cuando el diagnóstico tecnológico queda subordinado a categorías políticas heredadas, como si el siglo XXI pudiera explicarse todavía con las mismas coordenadas del siglo XX. Se trata de posmarxismo y anticapitalismo digital de manual. Nada nuevo.
No se trata solamente de cuestionar el tecnocapitalismo, sino de pretender comprenderlo exclusivamente mediante categorías diseñadas para otro momento histórico. No me parece mal que lo hagan; me parece hipócrita que no muestren todas sus cartas.
La lucha que están dando es contra la tecnología utilizando la tecnología; al mínimo indispensable, pero utilizándola. Ludismo neo o neoludismo, pero operando fuera del marco institucional y, probablemente, produciendo efectos funcionales a un brazo político.
Por supuesto que no hay contradicción en utilizar una herramienta tecnológica para criticar la tecnología. La contradicción aparece cuando la crítica depende de los mismos mecanismos de atención, viralidad, captación y dependencia que denuncia.
Después de indagar sobre la YCCD en su sitio web, encontré un enlace a una serie de textos que operan entre el cyberpunk y el neoludismo; es decir, en el diagnóstico sobre el impacto deshumanizante de la tecnología.
Resulta paradójico llegar a la conclusión de que esa página de enlace funciona como una filosofía de capitulación operativa: describen con lucidez la deshumanización del sistema no para combatirlo, sino para justificar por qué la única conducta racional que queda es someterse a sus herramientas y seguir alimentándolo.
La santificación neoludita se consuma cuando, desde el desconocimiento, cualquiera que esté fuera del aparato interno de la YCCD da visibilidad a sus acciones. Viralidad. Justificación. Validación. Y, lo más importante, acercamiento a la plataforma y captación de militantes.
La originalidad en la acción Gandalf – Palantir – Peter Thiel es técnica y políticamente brillante. Reconozco que la izquierda tradicional siempre ha sabido cómo capitalizar el descontento para sumar adeptos.
Pero aquí aparece la paradoja.
El neoludismo contemporáneo puede no necesitar destruir las máquinas. Le basta con convertir su oposición a ellas en contenido, su protesta en espectáculo y su crítica en una nueva forma de circulación dentro del mismo ecosistema que denuncia.
Y esto no exige demostrar que exista una conspiración, una dirección política oculta o una coordinación institucional. Basta observar los mecanismos que utiliza la acción, los incentivos que genera y los efectos que produce.
La crítica puede ser sincera. La protesta puede ser legítima. Incluso algunas de sus propuestas pueden ser perfectamente razonables.
Pero una crítica tecnológica que necesita de la viralidad tecnológica para existir, de las plataformas para difundirse y de los mecanismos de atención que denuncia para captar seguidores, corre el riesgo de convertirse en aquello que pretende combatir.
En resumen, quizá el problema no sea solamente el espectáculo digital ni el progresismo tech.
Quizá el problema sea algo más incómodo: haber convertido la resistencia a la tecnología en otro producto perfectamente compatible y funcional a la economía de la atención.
Y cuando eso sucede, el neoludismo deja de romper máquinas y empieza a alimentarlas.