Adiós IA. Hola IE

[EN] Emotional Intelligence, not AI, is humanity’s compass in the algorithmic age. Full text below in Spanish. Browser translation recommended.

Este texto nace después de comentar en el posteo de alguien: «en la inteligencia emocional está la clave» y cada vez estoy más seguro de que es así.

Como especie, veníamos más o menos bien hasta 2007, momento en que las pantallas empezaron a adueñarse de nuestras vidas. En menos de 20 años hemos terminado creyendo que necesitamos de un artefacto que hasta antes no nos hizo falta. Lo aclaro una vez más: No soy un purista, no me entrego a la inteligencia artificial con los ojos cerrados, pero tampoco soy un tecnófobo con redes sociales.

Cuanto más nos hemos acercado a lo digital, más nos hemos alejado de parte de nuestra esencia humana.

A nivel tecnológico, hemos ganado una eficiencia asombrosa en tareas lógicas y de procesamiento, pero a un coste elevado: la atrofia progresiva de nuestra capacidad para conectar profundamente. No me refiero sólo a las relaciones interpersonales, sino también a la conexión con nosotros mismos, con nuestras emociones, con el momento presente.

Sigo pensando que la Inteligencia Artificial es una herramienta, un motor de cálculo que promete resolver problemas complejos, aportar soluciones y liberar tiempo. Tiempo que, a menudo, se utiliza en mirar otra pantalla.

Hemos externalizado no solo nuestra memoria y nuestra capacidad de cálculo, sino también, nuestro juicio y nuestra empatía. Hemos llegado al punto tal en que hemos normalizado que el algoritmo nos conozca mejor que nosotros mismos y que sean personas que no conocemos las que nos digan qué hacer, qué comer, cómo vestirnos, a quién votar e incluso cómo, con quién y de qué manera debemos relacionarnos.

La inteligencia emocional, en cambio, no necesita algoritmos ni dispositivos. Está dentro de cada uno nosotros: es la capacidad de escucharnos, de empatizar, de autorregularnos, de conectar con otros desde la autenticidad y no desde la inmediatez del “like”. Si la IA promete automatizar procesos, la IE nos recuerda que sentir, comprender y cuidar no son procesos automatizables.

Quizá el verdadero salto evolutivo no sea hacer máquinas más inteligentes, sino personas más conscientes y emocionalmente hábiles. Porque sin la IE, cualquier IA, por muy avanzada que sea, seguirá siendo un reflejo frío de lo que alguna vez fuimos.

La IE es el sextante que puede guiarnos en medio de un océano lleno de notificaciones y respuestas instantáneas que prometen resolverlo todo, menos lo que verdaderamente importa: cómo nos sentimos, cómo nos relacionamos, cómo nos escuchamos y cómo escuchamos al otro.

La IA puede escribir un poema, diagnosticar una enfermedad o incluso simular empatía, pero no puede sentir la angustia de un abrazo postergado, la ternura de un silencio compartido o la complejidad de ejercitar el perdón. Esas son tareas exclusivamente humanas, y requieren una inteligencia distinta: la que nace del autoconocimiento y de la conexión genuina con uno mismo.

Por eso, en este texto, prefiero decirle adiós a la IA y hola a la IE, porque si queremos sobrevivir, no como especie tecnológicamente avanzada, sino como seres humanos plenos, necesitamos volver a cultivar aquello que nos hace únicos: la capacidad de sentir, de vincularnos, de mirar a los ojos, de abrazar, de amar, de equivocarnos y de sanar juntos.

La tecnología no es el enemigo, pero tampoco es la salvación. La verdadera evolución no está en tener máquinas más inteligentes, sino en ser personas más conscientes, más emocionalmente sabias. Y eso, afortunadamente (y por ahora), no es programable, se aprende viviendo todos los días.

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